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En la era reinada por los grandes festivales como Lollapalooza, Primavera Sound, Creamfields (vuelve después de algunos años) , el “Knotfest” resalta como el esfuerzo de una banda para mantener ciertos márgenes de autonomía.
Slipknot, aterrizó con su propio festival en Argentina por segunda vez, pero en esta ocasión al aire libre y en el Parque de la Ciudad. La edición anterior había sido en el Movistar Arena con la presencia de ni más ni menos que Judas Priest. Ambas bandas tocaron cada una un día distinto. Esta vez todo ocurrió en una sola jornada.
La propuesta emuló la organización de otros grandes festivales con un escenario central, un museo de las giras de Slipknot en una muy atinada carpa de circo, y diferentes propuestas comerciales: estacionamiento, patio de cerveza, locales de comida y puestos de merchandising oficial. Más de 30 mil fanáticos vibraron con la energía del metal durante una jornada que se extendió desde las primeras horas de la tarde hasta la noche, reuniendo a pesos pesados del género como Slipknot, Amon Amarth, Meshuggah, Babymetal, Arde La Sangre y NVLO.
Todo comenzó a las 14:30 con el talento de los locales NVLO, quienes llevaron su energía característica al escenario y demostraron por qué son una de las promesas emergentes del metal latinoamericano. La jornada continuó con Arde La Sangre, banda liderada por Marcelo “Corvata” Corvalan y Tery Langer. El grupo presentó su nuevo single El ojo del huracán, del álbum Pase lo que Pase, y repasó temas de su debut La cura (2021), conectando con el público local desde el primer acorde.
Uno de los momentos más electrizantes llegó con Babymetal, la innovadora banda japonesa que combina heavy metal con elementos kawaii y J-pop, ofreciendo un espectáculo lleno de color y coreografías.
Ya cuando promediaba la tarde fue el turno del plato más fuerte del festival: Meshuggah. Los suecos formados en 1987 desplegaron toda su potencia musical de la mano del death metal ultra técnico que los caracteriza. Etiqueta que resulta algo inútil dada la influencia, variedad y registro que maneja la banda de Jens Kidman.
Luego vino el turno de Amon Amarth, quienes elevaron el ambiente con un show en el que los asistentes se sumaron al “headbanging” bajo la guía de Johan Hegg, quien saludó al público en español: “Bienvenidos a nuestra fiesta vikinga”. El escenario se transformó con figuras mitológicas que reforzaron la estética de su performance.
Y por último, pero no menos importante, fue el cierre de los anfitriones. La banda de Corey Taylor salió al escenario con el clásico overol rojo, desplegando toda su faceta performática y teatral, además de la musical a la cual nos tienen acostumbrados. La novedad fue el estreno del baterista, Eloy Casagrande, el segundo desde la partida del histórico y fallecido Joy Jordison. La novedad del espectáculo se dió cuando el vocalista anunció que dado que su disco debut, Slipknot, cumplía 25 años, esta noche sería como escuchar a la banda en 1999. La icónica “Spit It Out” marcó el clímax de la noche, con un pogo masivo que dejó una huella en el festival.
Resultó una grata sorpresa para los fanáticos del grupo formado en Des Moines, Iowa, que pudieron escuchar en vivo temas que quizá nunca antes habían podido. El grupo le metió duro y parejo durante 90 minutos en los cuales no decepcionó y cerró una noche histórica para el público amante del metal extremo.