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JUANSE EN EL GRAN REX: ACTITUD, VOLUMEN Y UNA BANDA IMPARABLE

El sábado, el Teatro Gran Rex fue escenario de una de esas noches que no se olvidan fácilmente. Juanse presentó “Pappo por Juanse – Volumen 2”, pero lo que ofreció fue mucho más que la continuación de un homenaje: fue una celebración visceral, cambiante y profundamente rockera de su propio ADN musical y del legado de Pappo.

Desde el arranque, quedó claro que la lista de temas (que originalmente rondaba las 25 canciones) no iba a ser una estructura rígida. Juanse y su banda jugaron con el repertorio, lo moldearon en tiempo real y sorprendieron incluso a los seguidores más fieles. La aparición de joyas inesperadas como “Ahora no es lo mismo”, de Ratones Paranoicos (1986), o “El reflejo”,  de Furtivos (1989), funcionó como un guiño cómplice a los que conocen su historia completa. No fueron simples rescates: fueron declaraciones de identidad. La primera parte del show fue para las canciones del carpo, la segunda, para la obra de Juan Sebastián Gutiérrez.

También hubo cambios que alteraron la dinámica prevista del show. La salída de temas como “Carol” o “Pesado burdel” evidenció que la noche se guió más por la energía del momento que por un guión cerrado. En su lugar, la presencia de Sarcófago detonó una de las secuencias más celebradas con “La avispa” y “Sucio gas”, encendiendo al Gran Rex en clave de rock crudo y sin concesiones.

La lista de invitados fue otro de los puntos altos: Juan Subirá aportó su impronta desde las teclas, Zorrito Von Quintiero sumó oficio y elegancia, Joan Manuel Pardo de Camionero aportó color desde su universo, mientras que Hernán Coronel  de Malafama y Luli Bass terminaron de completar una noche ecléctica pero siempre coherente. Todos ellos se sumaron a un cierre potente con “Ruta 66”, sacando de escena a  “Enlace”, que no fue tocada. El telón bajó con una carga simbólica perfecta, conectando el blues, el rock y la ruta eterna que une generaciones.

En cuanto a lo musical, el show fue una demostración de por qué Juanse sigue siendo garantía. La banda sonó compacta, ajustada, sin fisuras. Una formación clásica  (guitarras, bajo y batería) sin artificios, sin vientos ni coros, apostando todo al rock directo. Apenas un piano de apoyo, en manos de Nico Rafecas, sumó matices sin romper la esencia. Nada sobra, nada falta: rock en estado puro.

Pero más allá de lo técnico y lo artístico, hay algo que atraviesa toda la experiencia. Juanse es, como cualquier figura grande del rock nacional, un artista discutido, cuestionado, atravesado por opiniones públicas que generan adhesión o rechazo. Sin embargo, lo que quedó claro en el Gran Rex es que su obra juega en otra liga. El artista se mueve en otro plano. Separar al artista de la persona no es solo un ejercicio necesario: es casi inevitable cuando lo que está en juego es un repertorio y una trayectoria que atravesó las distintas épocas e influenció a músicos y enamoró a miles de fans.

Y si a eso se le suma que este show estuvo centrado en la obra de Pappo (no solo un ícono del rock argentino, sino también un amigo cercano), la dimensión de la noche se amplifica. No fue solo un concierto ni un tributo: fue un acto de pertenencia, de legado y de respeto.

Juanse no solo repasó canciones. Reafirmó su lugar en la historia. Y lo hizo con uno de los shows más sólidos y vibrantes de los últimos tiempos. Una satisfacción garantizada. Un recordatorio de que el rock, cuando es auténtico, no necesita explicación. Solo volumen.



Autor:Marcelo Escobar (@madaniesco)

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